La tragedia del poder sin principios
Este tipo de gobiernos no gobiernan: negocian su oxígeno. Se convierten en rehenes de sus propios pactos y, en vez de liderar, sobreviven. En lugar de servir a los ciudadanos, se sirven de ellos como moneda de cambio. Lo irónico —y trágico— es que estos gobiernos suelen justificar sus cesiones con un relato épico: "hacemos lo que hay que hacer por el bien del país". Pero ese país, cada vez más, se parece menos al que prometieron defender.
La anatomía de un gobierno en supervivencia
¿Cómo reconocer a un gobierno atrapado en la dinámica de la supervivencia? Las señales son inequívocas:
- La contradicción permanente: Lo que ayer era línea roja, hoy es "pragmatismo político". Lo que era innegociable en campaña se convierte en objeto de transacción una vez en el poder.
- La retórica cambiante: El discurso se adapta no a la realidad, sino a la necesidad de justificar lo injustificable. Las palabras pierden su significado original y se convierten en herramientas maleable al servicio de la permanencia.
- La política de gestos: Abundan las declaraciones grandilocuentes y los anuncios espectaculares, mientras escasean las transformaciones de fondo. La apariencia sustituye a la sustancia.
- El enemigo como estrategia: La polarización se fomenta activamente como mecanismo para aglutinar apoyos. Ya no se trata de convencer por méritos propios, sino de alertar sobre los peligros del "otro".
- La temporalidad distorsionada: Cada votación parlamentaria se vive como una batalla final, cada negociación como una cuestión de supervivencia. El largo plazo desaparece del horizonte político.
La perspectiva de Kant: una crítica desde la filosofía moral
Si nos ponemos kantianos, la crítica se vuelve aún más contundente. La ética de Immanuel Kant se basa en el imperativo categórico, que en su forma más conocida dice:
"Obra solo según aquella máxima por la cual puedas querer que se convierta, al mismo tiempo, en ley universal."
Qué pasaría si la máxima de un gobierno fuera: ¿"Debo hacer lo que sea necesario, aunque traicione mis principios, para mantenerme un día más en el poder"?
Claramente, no es una máxima que uno quiera universalizar. Si todos los gobiernos actuaran así, no habría confianza, ni dignidad institucional, ni moral pública. Se rompería el contrato ético entre el gobernante y el ciudadano, que no se basa solo en leyes o votos, sino en la confianza en que quien nos gobierna lo hace por deber, no por conveniencia.
Para Kant, los actos solo tienen valor moral cuando se hacen por deber, no por interés. Un gobierno que actúa solo para garantizar su permanencia, incluso si lo hace legalmente, carece de valor moral. Puede seguir en pie, pero no se sostiene éticamente. En otras palabras: puede estar en el poder, pero no tiene autoridad moral.
La instrumentalización del Estado
El filósofo alemán también nos ofrece otra clave fundamental: la prohibición de tratar a las personas como meros medios. Y sin embargo, ¿qué otra cosa hace un gobierno en modo supervivencia sino instrumentalizar todo lo que toca?
- Instrumentaliza a sus votantes, a quienes promete lo que sabe que no podrá cumplir.
- Instrumentaliza a sus socios de gobierno, a quienes considera no como aliados en un proyecto común sino como un mal necesario.
- Instrumentaliza a las instituciones, que dejan de ser garantes del bien común para convertirse en trincheras de poder.
- Instrumentaliza incluso el lenguaje, vaciándolo de significado para rellenarlo con eufemismos que disfrazan la realidad.
Las consecuencias estructurales
Más allá de la crítica moral, este modelo de gobierno tiene consecuencias prácticas devastadoras para el sistema democrático:
- Desafección ciudadana: La percepción de que "todos son iguales" y "nada cambiará" se instala en el imaginario colectivo. La abstención crece y los extremos se fortalecen.
- Corrupción sistémica: No necesariamente la corrupción económica (aunque a veces también), sino una corrupción más profunda: la de los propósitos. El medio (mantenerse en el poder) se convierte en el fin.
- Parálisis reformista: Los grandes desafíos —climáticos, demográficos, económicos— quedan sin abordar porque requieren consensos amplios y visión de largo plazo, justamente lo que un gobierno en modo supervivencia no puede ofrecer.
- Deterioro institucional: Las instituciones pierden prestigio y legitimidad al ser utilizadas como herramientas partidistas. Su independencia se cuestiona y su autoridad se debilita.
- Crisis de representatividad: Se amplía la brecha entre las preocupaciones ciudadanas y las prioridades políticas, centradas ahora en garantizar la siguiente votación favorable.
El espejismo de la estabilidad
Los defensores de estos gobiernos suelen esgrimir el valor de la estabilidad. "Mejor esto que una crisis", afirman. Pero confunden estabilidad con inmovilismo. La verdadera estabilidad no viene de mantenerse en el poder a cualquier precio, sino de construir consensos amplios en torno a políticas de Estado.
La paradoja es que, a largo plazo, estos gobiernos generan mayor inestabilidad. Al acumular problemas sin resolver, al erosionar la confianza institucional, al fomentar la polarización, están sembrando las semillas de crisis futuras más profundas.
Repensar la política desde la dignidad
El problema no es la política, es la moral. La negociación es parte legítima de la política. Pero cuando todo se negocia —y nada se sostiene por principios—, lo que se debilita no es solo el gobierno, sino el concepto mismo de lo que está bien y lo que está mal. Y eso es mucho más grave que una legislatura frágil.
Kant nos recordaría que no hay democracia sólida sin principios innegociables. Que hay cosas que no se deben hacer, aunque se puedan. Y que gobernar no es solo sobrevivir. Es, sobre todo, honrar el deber de servir con dignidad.
Recuperar esta dimensión ética de la política no es una utopía romántica. Es una necesidad práctica si queremos que la democracia mantenga su sentido y su legitimidad en tiempos de crisis. Porque un sistema político puede sobrevivir sin principios durante un tiempo, pero no puede florecer sin ellos.