Serge Lifar
Lo que van a leer a continuación posiblemente es una de las historias de amor más hermosas que el arte escénico y la literatura hayan creado, yuxtaponiéndose entre sí. La historia tiene cuatro protagonistas: Nathaley Paley, Jean Cocteau, Serge Lifar y Marie-Laure de Noailles. En ella se mezcla amor, odio, sexo y una nueva vida frustrada. Todo ocurrió en las primeras décadas del siglo XX. En las sewmanas anteriores publicamos as de Nathaley Paley y Jean Cocteau. Hoy toca hablar de Serge Lifar.
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Serge Lifar (1904-1986) se nos presenta como una pieza clave de la historia de la danza clásica en su vertiente de bailarín y coreógrafo. Desarrolló su carrera al lado de los grandes y Vaslav Nijinsky aparece como su primer maestro. Diaghilev y sus Ballets Rusos protagonizaron la carrera artística de Lifar durante su estancia en París en la década de los 20 del siglo pasado. Allí estrenó su primera coreografía, Renard (1929), y destacó como bailarín principal. Tras la muerte de Diaghilev ingresó en el Ballet de la Ópera de París, iniciándose así una relación que, de manera intermitente, duró hasta la década de los sesenta. Director también durante unos años de Los Ballets Rusos de Montecarlo, Lifar destacó por su profunda inquietud hacia la danza y su educación.
La creación del Instituto Coreográfico de la Ópera (1947) y de la Universidad de la Danza (1957), y la publicación de su libro Manifeste du choréographe, son algunas muestras de ello. Inagotable creador, en su currículum contamos más de 200 coreografías. Entre ellas, ballet narrativos como Mirages (1944) y Drama per musica (1946), obras sin argumento como Suite en blanc (1943) y Variations (1953) y autobiográficas como Ma vie (1965). Es Ícaro, su montaje más conocido y predominante. Estrenado en 1935 con música de J. E. Szyfer y decorados de Paul Larthe, volvió a representarse en 1962, con escenografía de Picasso, de quien Lifar era gran amigo y ahijado. Influyente maestro de ballet, contribuyó Lifar a la renovación de la escuela francesa.
Serge Lifar fue el último testigo de los Ballets Russes que Diaghilev trajo a la vieja Europa allá por la primera década del siglo XX. Su gran amiga y compañera en los últimos años de su vida fue la condesa Lllian d’Ahlefeldt-Laurvig. Con respecto a él decía:
“Tuve el privilegio de estar cerca de Lifar cuando estaba vivo. Él decidió venir a Lausana por su edad y por su salud. Aquí se sentía tranquilo, pensó que en Suiza era respetado y se sentía seguro de cara al futuro. Lo tenía todo organizado para que en el futuro la juventud consulte, no sólo el ballet, sino en música, manuscritos, pinturas… ¡Aquí hay tantos documentos importantes! De Stravinsky, Picasso, Dukas. Lifar estaba fuera de todo materialismo, lo espiritual era todo para él”.
Un rasgo de esta espiritualidad de Lifar era el hecho que, cada año, celebraba oficios religiosos para sus dos grandes amigos: Diaghilev y Nijinsky. Como bailarín poseía un gran magnetismo. Ese fue uno de los factores de su triunfo. Además de la inteligencia… “Cuando bailo soy yo, es la fuerza del interior que sale. No es necesario bailar sólo con los pies, hay que hacerlo con el corazón”. Como enamorado de la danza que era, siempre sintió una especial predilección por el baile español:
“En España me encontré muchas veces con Antonio, que permanecía incorruptible en tono de folklore admirable, sólo comparable a Moisseiev en Rusia. Antonio tiene una formación admirable y compleja con algo de negro, de África. Eso se siente en su baile.
De hombres como éste ha venido toda la inspiración de despliegue corporal. Para mí la danza española tiene un imán muy fuerte. Antes de El amor brujo, de 1943, yo ya había hecho Bolero, de Ravel, en el 41, en la Opera de París.
Desgraciadamente no conocía a Falla en persona, pero sé que hizo mucho más por los Ballets Russes que lo que habitualmente se dice. Yo recuerdo que en el estreno de mi Bolero fueron algunos españoles (Mejía Lequerica, era entonces embajador) y todos estaban maravillados de ver como había podido traducir el espíritu de lo español. Mi adoración por España pasa por los toros y los toreros. Hay gente a la que no le gustan, pero cuando se adentra en la fiesta encuentra su danza, esa verdadera lucha de movimientos entre el animal y el hombre, un diálogo de desplazamientos, giros, embestidas que pueden culminar con la muerte del hombre. Tiene mucho de danza ritual, de esto hablé mucho con Manolete y con Belmonte, que eran buenos amigos míos”.
Lillian d’Ahlefeldt-Laurvig nos relata así el último día de vida de Lifar. Sus palabras reflejan lo que fue este hombre, desde su lejana Kiev hasta Paris. Toda la gloria, pasajera en muchos casos, se resume en sus últimas palabras:
“Él era muy valiente. Sabía que la muerte llegaba, hablaba de ella con tranquilidad, estuvo lúcido hasta una hora antes. El día antes pidió un lápiz y escribió: ‘Adiós a la vida. Adiós a Lilia (así me llamaba), adiós amigos, adiós a la hermosura de la naturaleza’. Después de estas palabras dijo: ‘Traedme el cuadro del Giselle’. Yo le pregunté: ¿Tienes miedo de la muerte?”. Y él dijo: No, porque yo nunca he especulado, siempre he amado”.